Mis semejantes no son mis semejantes
Aveces pienso que mis semejantes no son mis semejantes. No pienso como ellos, no soy como ellos, no actúo como ellos, no espero lo que ellos esperan. Meméticamente estoy tan lejos de ellos como lo estaría de un habitante de otra civilización, gente que tuviera la piel azul o que consumiera sus propios excrementos. Sensación de tapa de frasco de mermelada en la cabeza. Giras el cráneo y te encuentras con una masa gelatinosa que piensa por sí misma, pero tu eres el que está consciente, no ella.
Ni siquiera temes la imagen antipática que espera en el espejo. Te has acostumbrado a ella como a un ácaro silencioso. Manejo las situaciones y los hechos de la vida real, como lo hago con las palabras, con la misma mecánica indiferencia. No soy de los que observan a su público y se complace en regalarles las migajas que piden. Desearía por el contrario atarlos a una silla y obligarlos a escuchar, hasta reventar sus tímpanos. Las pequeñas desgracias que ocurren a mi alrededor son como alimento para mi espíritu. Puedo comprender, sin mucho esfuerzo, el por qué la vicisitud ajena es tan agradable para los demás.
¿Estoy aquí para ligar o adquirir algún tipo de peculiar popularidad? Ah, los conozco lo suficiente para saber que no hay nada más despreciable que una reunión de personas que se conocen por Internet. Apenas leo unas líneas ya me aburro. No podría soportar una conversación con seres semejantes. Sospecho que sería víctima de un ataque de pánico. Nuestros pensamientos están mejor guardados en la fría autopista electromagnética que en esas viscosas bocas.
Algunos no soportarían este soliloquio en sus propias cabezas; se pegarían un tiro. Otros no se soportan a sí mismos. ¡Sí el mundo fuera un inmenso campo de concentración y yo su capitán! Pero la vida no es tan perfecta. Tal vez pienses que no puede ser cierto que una persona tenga estas cosas en el cerebro y que al mismo tiempo pueda llevar una vida normal. Pero lo más extraño es que es posible. Luego un día cualquiera hay una masacre en una escuela o una noticia más vulgar aún. Puedes ser un pedófilo, un maltrata mujeres, un empleado que roba millones a la empresa que le dio un empleo. O tal vez no. Puedes ser un seudo artista farsante que encandila multitudes con su nihilismo barato. Y ganas premios. Pero entonces fue que fuiste un perro o una rata. O un maldito homosexual. O eres judío y escribes cuentos del holocausto.
Tantas infinitas posibilidades. Pero no quiero ser amado. ¿Recuerdan al personaje de El Perfume? El amor de los seres humanos acabó con él. Hay algo malsano en esa necesidad de ser reconocido e idolatrado. Te convierte en una puta barata o en un payaso. Pero el problema es que no lo eres en realidad.