El vivo vive del bobo

Si algo puede definir al colombiano promedio, además de su profunda ignorancia y su campante hipocresía, es ese ubicuo sentimiento de verse a si mismo como un “vivo”. Un “vivo” es por definición, el único espécimen animal que cree que es posible burlar la cadena alimenticia, y que el pez pequeño, si esta lo suficientemente vivo, se come al grande. Para el “vivo” todos los demás son en mayor o menor medida, “bobos”; empero, mientras se pavonea como un ser especial y superior a sus congéneres, no sabe, o ignora deliberadamente, que sus compatriotas lo miran de la misma forma. Decirle bobo a un natural de Colombia es la peor ofensa que se le puede hacer. Un bobo es todo aquel que es menos vivo que uno. El bobo ideal es aquella persona que cumple con sus deberes y que no solo no pisotea los derechos de los demás, sino que incluso puede llegar, por solidaridad a permitir que los suyos propios sean pisoteados. La máxima nacional: “el vivo vive del bobo”, no puede ser más diáfana y directa en su mensaje: por ejemplo, en una oficina, si eres aquella persona a la cual sus compañeros de trabajo piden constantemente ayuda y que permaneces en tu puesto de trabajo mucho más tiempo que el habitual, ten por seguro que eres el bobo, y que si giras un poco tu cabeza tal vez puedas cruzar la mirada con el vivo que se gana el sueldo en buena medida, a costa tuyo; y así con toda actividad y en todo entorno nacional. Ejemplos de vivos hay muchos, y siempre sobresalen y son admirados por todos aquellos que al verse a si mismos como vivos en potencia, se identifican velozmente con sus historias de vida; no importa lo que hagas sino la forma en que lo haces: llegar a ser un humilde directivo de una empresa luego de haberte quemado las pestañas durante 15 años y roto la espalda otros 15, no será nunca tan bien visto como quien logra una buena posición gracias a palancas y a su innata facultad para los negocios rápidos y turbios.

El prototipo del vivo nacional es por supuesto, el narco. El narcotraficante es secretamente admirado por las mayorías, ya que es un perfecto ejemplar de lo mejor de la colombianidad: emprendedor (echado pa lante), con aguda intuición comercial (ve oportunidades donde otros no), dicharrachero, amante de la buena vida (el trago y las mujeres), y sobre todo abierto y generoso con los suyos. Ser un narco (o traqueto como se le dice familiarmente), es el sueño colombiano, la máxima aspiración de cualquiera nacido por estas tierras. No importa si el precio es una muerte prematura, si con ello empezarán luego a circular leyendas fabulosas acerca de barriles llenos de dinero, lingotes de oro enterrados bajo tierra, y jornadas fabulosas en los cuales el dinero llovía de helicópteros sobre los barrios pobres donde el narco creció. Al narco se le respeta porque es un vivo, que sabe para que sirve la plata. ¿Y para que sirve la plata? pues para vivir mejor que los ricos, para darle una casa a la mamá y para ayudar a los amigos. Eso sí, un narco también tiene su lado oscuro, no todo es comportarse como un Robin Hood y gozar de las mujeres más putas de la farándula. El narco debe ser implacable. Sanguinario, si se quiere, pero justo. Y es que si algo no tiene perdón, es el bobo que se la pasa de vivo, o el vivo que se la pasa de bobo. Por eso, el narco se convierte no solo en un ícono del éxito, sino también de la justicia natural.

Por detrás del narco, existen también otras categorías, mayores y menores, de vivos. Pasando por los políticos de diferentes graduaciones y colores, sindicalistas, maestros, rebuscadores, y profesionales de las más diversas ramas, hasta llegar al espécimen que nos ocupa hoy. Si, como no, el colombiano raso, que a pesar todas las evidencias en contra, se considera a si mismo, el más vivo entre los vivos.

Este personajillo, suele creer que es una persona afortunada por el hecho de haber nacido colombiano, y siguiendo con este pensamiento mágico, es igualmente proclive a pensar que un buen día de estos, la fortuna le espera a la vuelta de la esquina. Ya nos es conocida su falta de memoria para todo aquello que no sean los resultados de algún emblemático partido de fútbol (casi siempre un honroso empate). Sumado esto, a su bajo cociente intelectual, y su incapacidad para realizar el más mínimo, por simple que sea, cálculo matemático, no sorprende entonces que con frecuencia se deje embaucar a la primera oportunidad que se le presente, y que incluso desarrolle un patológico amor por sus estafadores, en una extraña variación criolla del síndrome de Estocolmo, una exótica enfermedad sumamente contagiosa y que da lugar a verdaderas epidemias entre la población, que se extienden aun con más rapidez que la peste negra o el ébola.

El caso más reciente es la llamada fiebre de las pirámides. El método para producirla es bien conocido, se abre una ”oficina” en cualquier garaje o “centro comercial” de tres pesos, y se prometen jugosos intereses de más del 200% a los inversionistas. Los primeros en meter el dinero, reciben en la fecha prometida sus ganancias y entusiasmados atraen a sus familiares, amigos y compañeros de trabajo. Por algún tiempo la pirámide funciona, hasta que finamente ante el estupor de los vivos que habían confiado sus ahorros por un recibo de papel, todo colapsa y los propietarios de la distinguida empresa, abandonan sus instalaciones y se pierden para siempre con el dinero recibido.

Anómalas situaciones que se hubieran podido evitar si estas personas hubiesen ejercitado sus cerebros en algo más que masticar telenovelas y prensa amarillista. Con una simple operación aritmética se hubiesen dado cuenta de que aquellas fabulosas ganancias, dependían del dinero que venía del siguiente nivel de “inversionistas”. Y que si el primer nivel lo componían 4 personas, el siguiente necesitaría 16, el que le sigue 64, y el próximo 256; 1024, 4096, 16384, 65536, 262144, 1048576, y así sucesivamente hasta que el número de incautos necesarios, rebasaría toda la cantidad de bobos disponibles en Colombia, que no son pocos. Pero por supuesto este vivo promedio, no pensaba en pirámides sino en buena gente que estaba cumpliendo su desinteresada labor social de redistribución de la riqueza. Por debajo de cuerda se susurraba acerca de inmensas caletas de los narcos o la guerrilla, cuyo dinero debía ser limpiado, y quién pensaba que alguien iba a patear la lonchera. A quien le importa de donde provenía la “plata”, todos esos vivos estaban jodidos por otros vivos, y hubieran sido bobos de no haber aprovechado la oportunidad.

Por eso no es extraño que ahora que incluso los noticieros y la prensa, esos adalides de la moral y las buenas costumbres, decidieron tomar cartas en el asunto, el disgusto de los “ahorradores” es evidente, y el sentimiento generalizado es que la envidia de los bancos y la oligarquía, no dejó que este buen negocio le diera ganancias y prosperidad al pueblo colombiano.

2 comentarios to “El vivo vive del bobo”

  1. Tomás Dice:

    jajajaja lo peor de todo es que hay un típico ‘vivo’ en el poder, y ese si que definitivamente está convencido de que todos los demás somos bobos… saludos, excelente post.

  2. mike Dice:

    jjajaja!!que buena lectura la que me he pegado hoy!!!
    muy buena!!! y demasiado graciosa!!!!

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