No más circo
En un espectáculo deplorable los informativos “nacionales” dedican diariamente la primera mitad de su espacio a informar los últimos detalles del reality nacional más visto en mucho tiempo, el ya alargado novelón de los secuestrados de las Farc, perdidos en algún indefinido lugar de las selvas colombianas (mientras que los veinte minutos restantes son para mostrar los resultados del torneo local de fútbol y exhibir luego las prepago presentadoras de farándula que los canales ostentan como trofeos); drama ante el cual todos debemos unanimamente expresar nuestro rechazo, y exigir de forma vehemente su liberación inmediata y sin condiciones. Tanta rogadera a mis pocos sentimientos es algo irritante.
Analizando éste hecho de manera científica, sin duda un interés tan desproporcionado (ya veremos por qué), y tanto despliegue amarillista de los medios tiene como propósito mostrar el conflicto como una guerra justa en la cual los colombianos de bien se enfrentan a un grupo terrorista y cobarde. Fin loable o no, para lograrlo, el periodismo y la política apelan a los sentimentalismos cristianos de está arraigada sociedad patriarcal, tan dada a sentirse siempre identificada de dientes para afuera con el sufrimiento ajeno, sobre todo si esta bien visto y es a distancia. Es así como los “pobrecitos”, “que pecado”, que suscitan las imágenes de los colombianos reducidos a su mínima expresión en un campo de concentración en medio de la selva, se pueden transformar en una arcilla manipulable mediante el uso del lenguaje; que luego dará origen a gritos de júbilo cuando los organismos de seguridad exhiban los cadáveres mutilados de los victimarios, y finalmente, en una última torsión, a una aprobación implícita del sistema piramidal que rige la sociedad, encarnado en su clase dirigente visible. Pero vallamos un poco más allá.
Todo sea por la paz. El buen-pensar orwelliano de los colombianos de bien hace que todo aquel que se manifieste en contra de la guerra, sea visto, como un enemigo de la paz. Y se convierte en un deber patriótico sufrir por la suerte de unos señores y señoras secuestrados. Sin embargo, ¿qué real importancia tiene esto para nosotros, más allá del bombardeo diario de imágenes y slogans, en las calles, televisión, radio y periódicos? Sufrir por otros no hace a nadie mejor persona, y tampoco sufrir uno mismo. Ahora, gracias a esa moral cristiana que ve en el dolor una virtud, la señora Ingrid Betancourt, una política profesional de perfil medio cuya única acción digna de ser recordada, es haber desobedecido las recomendaciones del ejercito de entrar en una zona guerrillera, se ha convertido en otra futura presidenciable. Lo mismo sucede con los otros actores de este reality, depositarios del amor o el odio de la masa, que sigue con morbo mal disimulado este drama, alimentando cada día más la popularidad negativa o positiva de los personajes involucrados (esto es un hecho y para mí que es el único real objetivo de la guerra mediática).
Aveces no basta siquiera cambiar el canal para abstraerse de este espectáculo de lagrimas y fusiles… En fin, los tan mentados secuestrados se dividen en dos grupos; por un lado tenemos a los políticos de carrera y por otro a los militares capturados en combate. Es decir personas de dos de los gremios más corruptos del país. Unos que se han valido del poder para llenar sus arcas personales y perpetuar el modelo económico neofeudal de la coima y el serrucho; y otros, personas de extracción humilde que han sido entrenados para matar, muchas veces a personas tan humildes como ellos mismos. Ok., nada por lo que debamos sentir excesiva empatía. Cada uno de ellos, en sus respectivas actividades sabía cuáles peligros corría. Así que si su destino es morir en la selva pues igual todos debemos morir algún día, nada del otro mundo, nada por lo que debamos arrancarnos los cabellos. Iguales condiciones, o incluso peores, se viven en muchas cárceles del mundo, y de manera legal. La retención de personas es el pan de cada día, solo que el lenguaje lo llama aveces secuestro y aveces prisión. Pero es en últimas un mismo hecho. Repito, nada que haga a unos más buenos y a otros más malos que los contrarios. Entonces, ¿a qué tanta mierda que se habla de parte y parte? ¿Acuerdo humanitario? ¿Canje? ¿Rescate? ¿Terrorismo? Solo palabras vacías que sirven a los fines de cada quién. Si deben morir para que éste reality insufrible termine, pues adelante, adelante.