El odio
No me sorprendió, descubrir que era de nuevo víctima de un súbito ataque de pánico, cuando caminaba por el centro comercial.
Sentía odio. No era por nada en particular, me basta cualquier nimiedad para que el odio brote dentro. Es como un elixir justiciero que acecha a la menor oportunidad para hacerme recordar el sinsentido de la vida y la necesidad de vengarme de la existencia, exprimiéndola, reduciéndola a sus condiciones más secas y primigíneas; un premio que otorgaría a las criaturas unicelulares que pudieran florecer de la sangre negra que emana de un cadáver; donde debió haberse quedado la vida, como bacterias, virus, que nunca hubieran evolucionado para permitirle al árbol nefasto de la progenie vomitar su universo maldito de excrecencias. Me basta una mirada para hacerme desear poseer un lanzafuegos y barrer de una pasada una colección de humanos. Me basta un verdadero problema para acariciar en sueños una bruñida bomba atómica, a la que solo tuviera que accionar con un botón para destruir en un solo y glorioso estallido, millones de toneladas de carne y celulosa.
De repente me sentía observado por decenas de cámaras ocultas, cuyos múltiples ojos diseccionaban con avaricia geométrica cada uno de mis pasos. La sola cercanía de las personas me hacía sudar y la cabeza daba vueltas, empezaba a salivar y sentir una sed y un deseo infinito por una gaseosa helada, como si beberla me hiciera transportar al lugar maravilloso de un comercial, un solitario iceberg bajo un cielo donde resplandeciera la aurora; y donde el gas de la bebida penetrara en mi garganta en una comunión de salvación. Solo pedía eso a la creación, pero en esa circunstancia, era incapaz de acercarme a cualquier restaurante y pedir nada. El ataque era demasiado intenso, me percibía vacío como una bolsa seca y mis sentidos me engañaban. Salí con premura al parqueadero de nuevo, sin haber resistido ni cinco minutos la experiencia. Era consciente de que algo no iba bien conmigo mismo, y al salir conduciendo por poco y embisto a un camión, ahora que lo recuerdo creo que iba sin luces, pero en ese momento no lo pensé siquiera. En un giro nuevamente soy casi arrollado por un transporte cisterna; el camionero me gritó algo por la ventana, y decidí orillarme; al hacerlo casi me llevo a unos jóvenes que esperaban un taxi.
Observe entonces que había aparcado al lado de una pizzeria, tenía hambre y como se supone que era lo que debía hacer entre al local. A pesar de ser fin de semana y la hora, el establecimiento se encontraba casi vacío, lo cual me agrado, el salón era bastante amplio, tanto como una cancha de baloncesto, y tome asiento en una mesa del centro, junto al televisor donde pasaban unos videos musicales. El color rojo y verde de los manteles me tranquilizó, al igual que los limpios platos blancos distribuidos sobre la mesa. Un mesero, que era además el único, se acercó. Hice mi pedido (dos porciones de pizza jalapeña) y a continuación me dedique a contemplar mi alrededor. En el lugar no había más de 8 personas contando a los empleados, y solo había otros dos clientes, una pareja de mediana edad, en el otro extremo de la sala. La amplitud del sitio me permitía mantenerme a resguardo de los demás seres humanos, a prudente distancia de sus ojos y bocas.
Pensé algunas cosas curiosas, como que mi arma preferida de los videojuegos suele ser la escopeta, que se demora más en cargar, pero compensa con que aproximándose lo suficiente, se pueda de un solo pepazo hacer volar por el aire las tripas del zombie de turno. Es de lejos el arma más entretenida, junto a la pistola de clavos, solo que con la pistola si no apuntas bien los clavos pueden rebotar y dañarte bastante la vida, cosa que no pasa con la escopeta. Ésta tiene un atractivo sureño norteamericano, salvaje. Pienso en que es también extraño que de niño no hubiera sido tan afecto a los videojuegos y el gusto me llegará mucho más tarde. Me imagino que era un niño raro, más aun de lo que soy de adulto. Y sin embargo era feliz, podía pasar todo el día encerrado en mi habitación jugando solo, armando robots o naves espaciales. O viendo tv. O leyendo historietas. Hasta que todo empezó a irse a la mierda cuando me tuve que ver con el puto mundo. Y a partir de ahí mi vida siempre fue torciendo por el lugar inapropiado, alejándome cada vez más de aquello que era lo único que podía darme la paz y tranquilidad, un lugar que me hiciera sentir como ese niño. Un lugar que no estaba en ningún sitio, fuera de sí mismo, como este niño ingenuo creía. Porque todas esas historias con las cuales se había embelesado no eran mas que crueles mentiras.Y ahora solo sentía insatisfacción y hastío y me veía a mi mismo como un solitario vagabundo que hubiera caído en una cloaca y cuya única salida sería seguir una luz que solo lo conduciría a la muerte.
A pesar de todo estaba lúcido, un tipo de lucidez especial, hiperrealista. Nunca antes se me había ocurrido eso, pero no se porque me puse a pensar que si yo en ese momento dispusiera de un arma, y decidiera hacer una masacre, a cual de los empleados y comensales dispararía primero. Pase mi mirada por cada uno. Mi primer impulso fue hacía el mesero, el cual me parecía un buen muchacho, un muchacho normal. Recordé la escena final de la película Satanás, cuando Campo Elías se levanta de su silla y escucha por un instante al pianista, hasta que en el mismo momento en el cual termina la melodía soltando la última tecla del instrumento, levanta su arma y le da un certero balazo en mitad de la frente. Una muerte rápida, indolora, un verdadera regalo. Sí, así es, soy el tipo de persona que puede comprender por que un sujeto aparentemente normal y de apariencia inofensiva, que el día anterior amablemente te ayudó con la dirección que necesitabas cuando te habías confundido de calle; un atardecer se aparece en su oficina y mata indiscriminadamente a sus compañeros de trabajo. Y es que todos deberían saber que la vida no merece ser vivida. Y que lo único verdadero y permanente es la muerte.
Cuanto los odio a todos, los odio por no darme la oportunidad de ser como ustedes, los odio por mostrarme en esa pantalla que pende sobre mí una escena tan hermosa e idílica pero a la vez tan engañosa, los odio por hacerme desear tantas cosas y no haberme entregado ni una sola, los odio por escribir libros tan bellos para luego solo levantar los ojos y observar la fealdad que me rodeaba, los odio por sonreír y disfrutar de su mutua compañía mientras yo los observo desde la ventana, y sobre todo, sobre todas las cosas, los desprecio como a insectos por confiar en un futuro que no existe y por ser capaces de seguir creyendo en esas fábulas que yo ya apenas iba dejando de ser niño, ya deseché con desesperanza…
El mesero se me acerco y me sirvió con atención que admire de lo profesional las porciones de pizza que había ordenado. Tome un bocado, mientras volvía con la bebida. Una burbujeante Coca-cola. Acerqué el vaso a mis labios con fruición, ahora todo dependía de ese sorbo; pero entonces algo paso, la satisfacción fue mínima, solo una tenue ilusión de sabor y luego me pareció que tomaba una simple agua coloreada.
Mi corazón palpitó con fuerza, pero ya no había marcha atrás; saqué de la chaqueta el viejo revólver que mantenía cargado y que solo unos días antes había comprado por Internet. Mi primer tiro erró. Supongo que fue entonces que los empleados de la cocina alcanzaron a escapar, cosa que no me importó, ya que de todos modos no tenía suficiente munición para todos. En el segundo tiro maté a la cajera, que había quedado petrificada de miedo. Con el tercero al mesero, pero acercándome y apuntando desde arriba, ya que se había tendido en el piso. Con el cuarto, al hombre que estaba cerca de la puerta de entrada y que parecía ser el dueño o el administrador. Fue el tiro más difícil; un momento antes me miraba con una expresión idiota y luego se abalanza hacía la salida. Guarde los últimos balazos, antes de vaciar el tambor por entero, para la pareja. Me costo un poco ya que gritaban y chillaban, pero luego de un par de disparos, todo quedo nuevamente en paz.



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