I H a t e Y o u

Gaitanismo, 9 de abril y violencia

Publicado en Gaitanismo por IHateYou en Abril 15, 2008

Hace ya más de 60 años permanece impune el asesinato del líder Jorge Eliecer Gaitán; el abogado, el político, cuyos discursos y verborrea populista impacta al oyente, aún hoy día. Era, no hay duda de ello, un demagogo, pero en el sentido que le daban al término los antiguos griegos, el de un orador con mayúsculas, que buscaba el favor del pueblo para crear un régimen opuesto al de las oligarquías; y que, a través del demagogo, sirviera a los intereses de la gran masa. No en vano vociferaba: “Yo no soy un hombre, soy un pueblo”, y los pobres y desheredados le seguían ciegamente, como hubieran seguido al Duce Mussolini (hay que tener presente que Gaitán estudio derecho en Italia, en plena efervescencia del movimiento fascista). Escuchándolo y retrotrayéndose en el tiempo uno puede darse cuenta de como ha involucionado el espectro del discurso político, desde aquellos tiempos en que los discursos eran pura y visceral poesía, hasta hoy día donde para aspirar a un puesto público lo primordial es tener un asesor de imagen y tomarse fotos al lado de niños y desvalidos. No, en aquellos años, las palabras eran armas poderosas y prevalecían aun sobre el marketing. Y las marchas no eran de camisetas estampadas con logitos culos, sino que se iba con antorchas y banderas negras, como en la Marcha del silencio.

En aquel año, 1948, habían dos partidos políticos, y cada uno de estos estaba dirigido por un titán; de un lado Gaitán había alcanzado hacía poco la jefatura del partido liberal, y del otro, Laureano Gómez, el Monstruo, el Basilisco, “el único genio que ha dado Colombia” como decía un profesor mío en la universidad, dirigía desde las sombras el gobernante partido conservador. No eran ningún par de peleles, cada uno era la encarnación de claros intereses de clase y de formas contrapuestas de ver la sociedad.

El 9 de abril, fecha del magnicidio, se reunía también en Bogotá la conferencia que daría origen a la actual OEA, y consiguientemente a la intervención estadounidense en América Latina de la posguerra, enmarcada dentro de la estrategia global de la guerra fría. Ciertos rumores bien fundados hablan de la participación de la CIA en el atentado, lo cual no es improbable si tenemos en cuenta que hacía menos de tres años los gringos habían estrenado las bombas atómicas matando a miles de japoneses, y que en pleno auge del peligro comunista, Gaitán bien podía ser considerado un enemigo de los intereses norteamericanos; aunque quizás no previeran las funestas consecuencias del asesinato, la posterior horda enfurecida que trató de llegar a Palacio, y degeneraría en desmanes y saqueos, y la casi completa destrucción del centro de la ciudad, lo que hasta hoy es recordado con temor y reverencia como El bogotazo.

Y es que entonces las masas no habían sido aún adormiladas por la televisión y el buen pensar, conocían el valor de la violencia y sin dudarlo reaccionaron ese día, en tal vez la única experiencia de guerra urbana que haya vivido la capital del país en el siglo XX. Violencia que no era gratuita sino que surgía del mismo estómago vacío y de la exclusión de los hasta entonces, invisibles. Desde este día, la brutal represión y la traición de las oligarquías políticas, generaron la guerrilla liberal, que posteriormente evolucionaría en las actuales guerrillas de izquierda. Un oscuro periodo llamado La violencia, en el cual basicamente se ha tratado de silenciar el clamor popular, enardecido desde la muerte de Gaitán, periodo que no ha terminado aun, generando victimarios de las victimas, y viceversa.

Tal vez esta guerra ha sido tan larga porque nunca la violencia ha sido suficiente. Tal vez no han bastado las masacres, los cortes de franela, las desapariciones, las minas quiebrapatas, los secuestros, los bombardeos. Tal vez de nada sirve tanto muerto pobre si jamás se han enjuiciado ni mucho menos condenado los culpables intelectuales, los que desde arriba, en la luz o las sombras dirigen los títeres que empuñan las armas. Tal vez el castigo es necesario. Es como lo que le pasó a Alemania o Japón en la Segunda Guerra. Se les aplicó la máxima violencia necesaria, se destruyo sus ciudades, se quemó vivos a sus habitantes con napalm, se les enjuicio, colgó y se les difamó para toda la eternidad hasta que les diera vergüenza ser alemanes o nipones. Aparte cualquier consideración política, desde entonces este pueblo no ha vuelto a levantarse contra sus vecinos, como si hubiesen aprendido la lección. Lo mismo debería hacerse en Colombia a las clases dirigentes, mafias y responsables de la guerra sucia de todos los colores, que comandan desde el capitolio o las selvas o una finca el derramamiento de sangre. Unos juicios de Nüremberg nacionales, en los cuales se sentarían codo a codo narcos, paras, guerrillos y políticos. Y se les juzgaría por igual y con la mayor severidad posible. Miles, tal vez decenas de miles deberían ser ajusticiados. No serían penas de cuatro años en cárceles de lujo. Sería la horca, el empalamiento, la muerte a pedradas. Una orgía de sangre y venganza, en la cual cada quien pagaría por sus crímenes, sin contemplaciones. Hasta que el pueblo calmará su sed de justicia.